La risa desbocada del “Guasón” | Artículo

Julio Moguel I La película: El Guasón (Joker). El escenario: una ciudad real-ficcional: Ciudad Gótica/Nueva York, que padece una huelga de servicios de limpia que ha dejado a la urbe a la deriva, en un marco de decadencia y pobrezas en la que todo el sistema gubernamental y de servicios ha entrado en una crisis… View Article

octubre 14, 2019 7:58 pm Published by

Julio Moguel

I

La película: El Guasón (Joker). El escenario: una ciudad real-ficcional: Ciudad Gótica/Nueva York, que padece una huelga de servicios de limpia que ha dejado a la urbe a la deriva, en un marco de decadencia y pobrezas en la que todo el sistema gubernamental y de servicios ha entrado en una crisis extrema; en un punto en el que puede verse y olerse el correr de las ratas por las calles y el peligro de asalto o de agresión en cada calle o esquina. Los protagonistas principales: Arthur Fleck (Joaquín Phoenix), el Guasón; Thomas Wayne (Brett Cullen), candidato a la alcaldía de Nueva York/Ciudad Gótica; Murray Franklin (Robert de Niro), conductor de un programa de televisión de altos niveles de audiencia; Sophie Dumond (Zazie Bettz), la pareja del Guasón dentro del imaginario andar de su locura; Penny Fleck (Frances Conroy), la madre de Arthur; “Garrity” (Bill Camp), policía; Bruce Wayne (Dante Pereira-Olson), Batman, de niño; Alfred Pennyworth (Douglas Hodge), el mayordomo de Batman.

II

Una de las mejores películas de todos los tiempos”: así tendría que iniciarse prácticamente cualquier debate o comentario sobre el Guasón, cinta de Todd Phillips que ya fue ganadora del León de Oro en el Festival de Cine de Venecia. Esa es, para fertilizar la crítica que nos importa, la mirada que, por ejemplo, tiene Michel Moore sobre la misma: “una obra maestra”, dijo sobre ella el cineasta estadounidense, burlándose a continuación de aquellos que la han considerado simple y llanamente como una “película violenta, enferma y moralmente corrupta; [como] una incitación y celebración del asesinato”. Pero, ¿bajo qué parámetro o concepto?: el rebelde y siempre lúcido director de Masacre en Columbine lo define: ¿enferma y moralmente corrupta en el espacio-tiempo en el que la sociedad norteamericana “está profundamente desesperada [y] un maniaco deshonesto del barrio de Queens [refiriéndose a Donald Trump] tiene acceso a los códigos nucleares”?

En la línea de la cinta, la locura: aguzada en este caso en sus extremos por la figura y los actos del Guasón y en sus capacidades para viralizar y extender hacia las masas neoyorquinas (de la Ciudad Gótica, en el filme) sus potencias destructivas, en una compleja narrativa de imágenes y diálogos que desnudan en shocks electrizantes la verdad de nuestros tiempos: son sólo unos cuantos de los habitantes del planeta quienes definen “lo que es bueno y lo que es malo”; y, para colmo, los que dictan a la vez “lo que es gracioso y lo que no es gracioso”.

III

En los entretejidos del filme se juegan por lo demás otros sentidos: es Jung y no Freud quien nos da los elementos para encontrar el hilo conductor de la comedia: si el mal de la locura representada magistralmente por Joaquín Phoenix llega a él desde la infancia –o acaso desde la concepción o desde “la herencia”–, se anida y reproduce en realidad en y desde lo que es o representa una especie de locura global, socialmente inoculada y sistémicamente reproducida: el Guasón será entonces sólo la condensación personalizada de una locura generalizada que, en el desboque rabioso y desbocado de las masas, encuentra en él y en lo que hace su propia identidad y su bandera.

La película va desmenuzando esta trama con una meticulosidad escénica sorprendente, en un entretejido de materias (musicales, literarias o poéticas, guiños de imágenes que confunden la realidad con el sueño, diálogos en permanente controversia o contrapunto) que envuelven al espectador en cuerpo y alma: porque en tal entretejido se construye el espejo en el que se observa sin reserva “la verdad [actual] de la mentira”.

IV

El guión de la película no puede identificarse entonces con alguna (mala o buena) moral o con algún desiderátum perverso o maniqueo dirigido a generar una buena o mala conciencia. No predica la paz ni la violencia. No ofrece el mensaje aleccionador ni predice futuros: sencillamente se ubica en el plano de los hechos, en el tiempo en el que “la política-política” se ha vuelto “biopolítica”: porque en el ser o quehacer de quienes viven en la redondez decadente de la urbe sólo existen los que “han logrado hacer algo con [sus] vidas” (las palabras son de Thomas Wayne, candidato a la alcaldía) y quienes simplemente sobreviven.

En ese estado decadente la risa tiene un valor totalmente distinguible: pertenece a quienes dicen de qué y por qué hay que reírse. El Guasón, en su locura, ríe todo el tiempo “sin sentido” (la risa desbocada es parte misma de su desquiciamiento mental). Y provoca con ello el eterno desconcierto, rompiendo así, tan simplemente, “las reglas”: como en la historia de Bartleby, quien solía desmontar la lógica del discurso dominante con su reiterado e inagotable “I would prefer not to” (“preferiría no hacerlo”).

“La risa sin sentido” es la risa de los locos. La calificación ha sido impuesta y se adhiere al sentido de locura descubierto hace ya tiempo por Foucault. No es otra la historia entonces de los “fueras” y “adentros” de la cárcel y del manicomio. O, en su extremo, de la muerte “necesaria” de alguna “parte” de los más, antes de que éstos se den cuenta y se rebelen.

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