De la esterilización al control del pensamiento: dos historias de la vacuna | Artículo
Dos motivos destacan entre quienes han decidido no vacunarse: la teoría de que hay un intento de esterilizar a la humanidad y la teoría de que las vacunas están diseñadas para controlar nuestro pensamiento.
Antonio Salgado Borge
Una de las principales piedras en el camino hacia el fin de la actual pandemia es la negativa de un buen número de personas a ser vacunadas. Quienes optan por no vacunarse lentifican el proceso, arriesgan sus vidas y ponen en peligro a otros.
Las justificaciones para evitar la vacuna no son escasas. Sin embargo, dos motivos destacan entre aquellas personas que han tomado esta decisión: la teoría de que estamos ante un intento de esterilizar a la humanidad y la teoría de que las vacunas están diseñadas para controlar nuestro pensamiento.
En este artículo revisaré ambas ideas y argumentaré que son insostenibles. Para ello, pondré entre paréntesis el hecho de que no existe evidencia alguna que las soporte y que, en contraparte, tan sólo en México hay cientos de miles de muertes en exceso. Es decir, concederé a quienes defienden estas teorías el beneficio de no considerar el que es quizás el argumento más contundente en su contra.
Mi intención aquí es mostrar que ambas teorías son indefendibles en principio. Y que, en consecuencia, quienes han decidido no ser vacunados tendrían que encontrar mejores justificaciones o aplicar de inmediato para recibir su primera dosis.
1) La esterilización de la humanidad. De acuerdo con esta teoría, la vacunación sería un pretexto promovido o apoyado por un grupo de naciones poderosas con el fin de esterilizar a la población mundial. La idea de fondo es que estamos ante una suerte de control de natalidad forzado y universal. En consecuencia, las personas harían bien en abstenerse de ser vacunadas.
Pero quienes defienden esta narrativa deben responder a una pregunta obligada: ¿por qué querrían quienes dirigen a las naciones más poderosas esterilizar a la población mundial?
Una posible respuesta pasa por alegar simplemente que este es el caso porque los seres humanos ya “somos muchos”. Pero este argumento sería insatisfactorio, pues no explica por qué estos dirigentes mundiales quieren que seamos menos; esto es, una respuesta de esta naturaleza equivale a patear la lata hacia adelante.
El problema de fondo al intentar responder esta pregunta es que no existe, ni siquiera en principio, un motivo por el que las naciones que controlan en mundo puedan desear la reducción de su población.
Para ser claro, desde luego que el planeta se beneficiaría de la reducción del número de seres humanos que lo habitan. Por ejemplo, si algo hemos aprendido recientemente es que una de las mejores formas en que las personas jóvenes pueden contribuir a combatir el cambio climático es no teniendo hijos.
Sin embargo, atribuir que esto es lo que tienen en mente los líderes mundiales implica dos errores cruciales.
El primero tiene que ver con un desconocimiento de un fenómeno económico básico.
Supongamos que la “esterilización” es exitosa. Esto implicaría que en el futuro cercano la mayoría de la población de las naciones que promueven este esquema habría envejecido, pero no habría el número suficiente de jóvenes para reemplazarles en sus actividades productivas.
A su vez, dado que las personas de la tercera edad normalmente requieren más servicios de salud que las personas jóvenes y contribuyen menos a la economía, esos países entrarían en una crisis económica. Y es bien sabido que una crisis económica tiene altas posibilidades de ser política y electoralmente fatal para un partido gobernante. En consecuencia, políticamente la “esterilización” equivale a un harakiri.
En realidad, las naciones se benefician de tener más jóvenes que viejos. Esto es parte de lo que se busca aprovechar en los llamados “bonos demográficos”. En contraste, cuando la población decrece, algunos países buscan desesperadamente abrir sus puertas a trabajadores de otras naciones con tal de mantener estable esta dinámica. Ejemplos de ello son Japón y Alemania.
El segundo error de la teoría de la esterilización es su excesivo optimismo. Suponer que los principales líderes mundiales tienen como objetivo principal el bienestar del planeta muestra, por desgracia, un desconocimiento de la poca relevancia que para estos personajes tienen asuntos como la emergencia climática o la contaminación de los océanos.
Confrontados con el dilema de optar por un beneficio político personal a corto plazo o la sustentabilidad del planeta a mediano y largo plazo, la mayoría de quienes dirigen el mundo han optado por lo primero. Si el impulso a la segunda opción es todavía lento e insuficiente es, en buena medida, porque suele conflictuar con la primera.
2) El control de nuestro pensamiento. Esta teoría postula que la vacuna incluye algún elemento que permitirá a algún grupo poderoso controlar nuestras mentes
La idea aquí es que, así como algunas medicinas están diseñadas para controlar estados mentales específicos -por ejemplo, el dolor-, la vacuna ha sido creada con el fin de controlar la totalidad o la mayor parte de nuestro pensamiento.
El primer problema de esta narrativa es que el término pensamiento es ambiguo. Sin embargo, me parece posible reconocer dos sentidos principales que le corresponden en este contexto: consciencia y voluntad.
Empecemos por la consciencia; es decir, por nuestra experiencia fenomenológica en primera persona que incluye nuestra autoconsciencia -por ejemplo, nuestra percepción de un olor y nuestra reflexión sobre el hecho de estar percibiéndolo-. Aunque desconozco qué beneficio pueden obtener los grandes poderes políticos o económicos de controlar este proceso, para fines de fortalecer este argumento supongamos que es un hecho que pretenden hacerlo.
El problema es que o bien la conciencia depende en parte de lo físico o no depende de lo físico en absoluto. Si no lo hace en absoluto, entonces no hay forma de controlarla mediante la afectación del cerebro.
Ahora bien, si se acepta que la consciencia emerge del cerebro o depende de alguna forma de él, es preciso reconocer que todavía no se conoce a ciencia cierta cómo opera este proceso. Estamos ante una pregunta abierta que interesa a campos de estudio como la neurología, a las ciencias cognitivas, la psicología o a la filosofía de la mente.
Y si no se conoce con exactitud la dinámica entre consciencia y cerebro, resulta complicado suponer que existe una sustancia diseñada para afectar al cerebro de forma tal que sea posible decidir posteriormente sobre lo que la persona a la que corresponde este cerebro experimenta conscientemente.
Supongamos ahora que lo que se quiere controlar no es nuestra conciencia, sino “únicamente” nuestra voluntad o comportamiento. Es decir, que nuestra experiencia permanece intocada, pero que nuestras acciones de alguna forma que no comprendemos terminan por ser orientadas a satisfacer los intereses de un grupo de élite poderoso.
Si esto es a lo que temen quienes deciden no vacunarse, entonces han llegado tarde al debate sobre fenómenos bien estudiados, como la falsa conciencia; un estado mental que oculta a una o más personas la verdadera naturaleza de algunas relaciones sociales opresivas.
La falsa conciencia ayuda a explicar por qué grupos oprimidos aceptan la ideología de grupos opresores a pesar de que ésta atenta contra sus propios intereses. Ejemplo de ello podría ser cuando los grupos más pobres de una población apoyan políticas económicas que sólo favorecen a los más ricos.
Es fácil ver que este fenómeno no es nuevo. También es relativamente sencillo notar que los beneficiarios de la falsa conciencia han sido relativamente exitosos a lo largo de la historia de la humanidad, y que la desinformación y las estructuras del internet han sido funcionales para estos efectos.
Preocuparse porque esto pueda ocurrir a través de la inyección de una vacuna implica desviar la atención de un problema real que merece ser analizado con todo detenimiento. Paradójicamente, al hacerlo, terminan siendo funcionales a aquellos intereses cuyos mecanismos de control supuestamente preocupan.
Ni la teoría de que estamos ante un intento de esterilizar a la humanidad ni la teoría de que estamos ante una trampa diseñada para controlar nuestro pensamiento se sostienen en principio. En consecuencia, quienes opten por no vacunarse convencidos de la verdad de estas teorías lo harán o bien movidos por el desconocimiento de su desconocimiento o por una necedad simple y llana.
En cualquier caso, terminarán entorpeciendo nuestro proceso de salida de la pandemia, arriesgando sus vidas y poniendo en peligro las vidas de otros.
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