Al chile… la cancelación de Argentina | Texto por Lucía Toledo
Sería ingenuo atribuir ese fenómeno exclusivamente al fútbol. El presidente argentino, Javier Milei, ha hecho de la descalificación de su propio país una práctica cotidiana.
Por Lucía Toledo.*
Hace dieciséis años que vivo en México; soy nacida y criada en la Patagonia argentina y nunca antes había percibido la animosidad que hoy despierta mi país de origen. El Mundial terminó y, entre la multiplicidad de fenómenos que puso a la vista, hubo uno que me llamó particularmente la atención: la cancelación de Argentina.
Sería ingenuo atribuir ese fenómeno exclusivamente al fútbol. El presidente argentino, Javier Milei, ha hecho de la descalificación de su propio país una práctica cotidiana. A ello se suman las declaraciones del periodista Eduardo Feinmann, quien recurrió a estereotipos ofensivos sobre los mexicanos y alimentó un clima de confrontación que rápidamente desbordó las fronteras del debate político. De pronto, los viejos lugares comunes sobre los argentinos —racistas, nazis, corruptos, soberbios, “se creen europeos” — reaparecieron con más fuerza tanto en las redes sociales como fuera de ellas.
No pretendo discutir aquí si Argentina es racista, porque efectivamente lo es; como lo son prácticamente todas las sociedades construidas sobre jerarquías coloniales y étnicas. Lo que me interesa es otra cosa: preguntarme con qué herramientas se está pensando ese racismo y desde qué categorías se lo interpreta.
Muchas de las críticas provenientes del norte global y su progresismo remiten a procesos reales como la negación de las poblaciones indígenas y afrodescendientes, el ideal de una nación blanca o el peso simbólico de la inmigración europea en la construcción de la identidad nacional. El problema aparece cuando esos procesos se leen a través de un marco conceptual que no tiene en cuenta la historia particular de lo que intenta explicar. Un ejemplo ilustrativo es el comentario del economista griego Yanis Varoufakis, quien celebró la victoria de España sobre Argentina afirmando que había triunfado la “multiculturalidad sana y funcional”. Más allá de la polémica que desató la frase, lo interesante es el supuesto desde el que está construida: que el multiculturalismo constituye el criterio con el que deberían evaluarse todas las sociedades. Sin embargo, ese modelo no surgió para explicar cualquier experiencia histórica; es la respuesta particular de ciertos países a sus propias trayectorias coloniales, migratorias y políticas, no un patrón universal con el que medir al resto del mundo.
En el caso argentino, el racismo no puede comprenderse sin la Conquista del Desierto, el proyecto liberal del siglo XIX, la inmigración europea promovida por el Estado y la construcción de una identidad nacional que convirtió lo europeo en un ideal cultural mientras volvía casi invisibles a quienes quedaban fuera de ese relato.
Varios estudiosos del tema han discutido la afirmación, repetida hasta el cansancio, de que “no hay negros en la selección argentina” con la que suele increparse a los argentinos para referir a sus prácticas racistas. Pero utilizar la composición racial de un equipo de fútbol como termómetro del antirracismo resulta profundamente engañoso. La presencia de jugadores afrodescendientes en varias selecciones europeas tampoco puede entenderse como un dato aislado, es inseparable de procesos históricos de expansión colonial, de la incorporación de poblaciones provenientes de antiguos territorios imperiales y de dinámicas migratorias que continúan hasta el presente. Leer esa diversidad únicamente como un indicador del éxito del multiculturalismo deja afuera una parte fundamental de la historia.
En Argentina, en cambio, la configuración del racismo siguió otro camino. La población afroargentina existe y su invisibilización constituye una de las expresiones más persistentes del racismo nacional. No obstante, la discriminación no se organizó únicamente alrededor de la negritud afrodescendiente. También recayó históricamente sobre quienes portaban rasgos indígenas o mestizos. Los que más o menos conocen Argentina, saben que la palabra negro es utilizada de diversas formas (a veces cariñosa, a veces polémica y la mayoría de las veces discriminatoria) y funciona como una categoría que entrelaza raza y clase para estigmatizar a amplios sectores populares. En los últimos años, la categoría marrón comenzó a nombrar la experiencia de quienes son racializados por sus rasgos indígenas o mestizos, haciendo visible una forma de discriminación que durante mucho tiempo permaneció naturalizada. Por eso hay futbolistas con esos rasgos en la selección
argentina que, sin embargo, permanecen invisibles para quienes observan el país desde herramientas analíticas desarrolladas para experiencias sociales distintas.
Ni siquiera América Latina comparte una experiencia racial homogénea. México y Argentina son sociedades atravesadas por profundas desigualdades étnicas, pero construyeron relatos nacionales muy distintos. Mientras una hizo del mestizaje el núcleo de su identidad, la otra elevó la europeidad a ideal cultural y horizonte civilizatorio. Lo que cambió fue la manera en que cada nación narró esas diferencias y organizó sus propias categorías raciales.
Tal vez por eso, la cancelación de Argentina dice menos sobre Argentina de lo que parece. Tiene algo de ese amigo que critica con furia en los otros aquello que todavía no puede —o no quiere— reconocer en sí mismo. Convertir a Argentina en el ejemplo paradigmático del racismo puede resultar tranquilizador para quienes necesitan creer que el problema siempre
está en otra parte, casi siempre en el sur global. Esas sociedades que hoy nos quieren enseñar y se presentan como modelo de diversidad, siguen cargando con las marcas de sus propios imperios. Quizá valga la pena, como latinoamericanas y latinoamericanos, mirarnos, apoyarnos entre nosotros, y, parafraseando al gaucho Martín Fierro, unirnos para que no nos devoren los de afuera.
Socióloga, Dra. Ciencias políticas y Sociales UNAM

