‘Con La paloma y el lobo quería proponer una visión distinta del amor ante la adversidad’: Carlos Lenin
El realizador mexicano estrena una historia que muestra la forma en que una pareja se reinventa ante la violencia.
Por Héctor González
La guerra narcotráfico obligó a Paloma (Paloma Petra) y Lobo (Armando Hernández) a dejar su pueblo. Sin más cosas que su compañía intentan reconstruirse tras ver que su mundo se desmorona. ¿Cuáles son los efectos internos de vivir en un ambiente violento a más no poder? ¿Es posible recuperar la esperanza y no quedarse sumido en la nostalgia? En La paloma y el lobo, el realizador Carlos Lenin intenta dar respuesta a estas preguntas.
Tras obtener reconocimientos en los festivales de la UNAM, Locarno y Los Cabos, la película se estrena en México.
¿Qué sensación te genera el contexto en el que se estrena La paloma y el lobo?
Es una situación extraña. Como equipo y cineasta hicimos la película con la intención de compartirla con la mayor cantidad de espectadores posibles a fin de generar una reflexión alrededor de las consecuencias de la violenta guerra contra el narcotráfico. El clima, sin embargo, es inusitado y el panorama complejo. Me parece comprensible el temor de la gente por ir al cine.
La paloma y el lobo empata con esta sensación de miedo a la que te refieres, aunque las causas son diferentes.
Filmamos pensando en el miedo que deriva de la violencia sistemática que vivimos, pero es verdad que esto hoy se resignifica. Producto de otras circunstancias la clase trabajadora se encuentra confinada, con miedo, incertidumbre y ante un panorama desalentador. No obstante, por medio de la película proponemos abrazarnos ante la fragilidad para que eventualmente podamos salir y recuperar la calle.
¿No mostrar la violencia explícita y centrar la historia en una carga visual potente fueron dos consignas que tuviste claras desde el principio?
Nos interesaba contemplar la cotidianidad, los silencios y la intimidad de una pareja que, envuelta por este clima de violencia, intenta sobrevivir y amarse. Queríamos sostener la mirada en esas pieles y caricias mínimas porque esto se está quedando fuera del relato histórico de lo que fue o es la guerra contra el narcotráfico. Nos estamos centrando en las puras cifras y los pueblos abandonados. Una consecuencia de esto es la disolución de las humanidades. A través de la película me quise acercar a quienes antes que personajes fueron personas y vivieron cerca de mi casa, en mi barrio o colonia.
¿Crees que en las industrias culturales predomina un nivel de espectacularidad al hablar de la violencia?
Sí y esto produce su normalización al punto de convertirla en simple entretenimiento. Quería explorar mi identidad y asumir que también he sido víctima de la violencia, solo así conseguiremos narrarla desde adentro. Por eso el discurso visual de la historia partió de mi barrio. Mi aspiración es compartir con el espectador lo que se siente vivir dentro de esa realidad, en un cuarto escondido y con la persona que amas.
La estética, los escenarios, el sonido y la iluminación acentúan la importancia del “cómo se cuenta” por encima incluso de la historia, ¿no?
Nos propusimos aprovechar todos los elementos del lenguaje cinematográfico. La tristeza y la desolación tenían que notarse en la fotografía. A través de los espacios sonoros construimos el punto de vista de los personajes. No nos interesaba quedarnos en una visión objetiva o naturalista porque siendo una realidad tan presente y poderosa corríamos el riesgo de quedarnos en la típica y cómoda simulación.
La película muestra como la violencia nos retrae y vuelve más herméticos.
Pese a que el mundo de los protagonistas colapsa intentan más o menos quererse. En particular Paloma busca ser feliz. Es decir, a final de cuentas tratamos de plantear una nueva definición de amor y felicidad dentro de un horizonte adverso, pero para conseguirlo necesitamos revalorar nuestras humanidades y el contacto entre nosotros.