Un año de Covid-19 y la reinvención del futuro | Artículo

¿Por qué el coronavirus, sin que compita en sus números más altos con pandemias del pasado, será recordado por los siglos de los siglos, mientras que aquellas mortíferas batallas humanas contra diversos microorganismos asesinos se han quedado encajonadas en el ninguneo o en el olvido?

marzo 23, 2021 8:30 am Published by

                                                                                         Julio Moguel

I

Hace exactamente un año, el 23 de marzo de 2020, el Diario Oficial de la Federación reconoció la gravedad de la pandemia provocada por el patógeno SARS-CoV-2, considerándola como una prioridad de salud púbica y, con ello, dando inicio a “la cuarentena”. La Organización Mundial de la Salud ya había dado la alarma en torno al asunto desde el 30 de enero, considerándola como una Emergencia de Salud Internacional, pero no fue sino hasta el 11 de marzo cuando declaró oficialmente la propagación del virus en su calidad de pandemia (y ya no como “emergencia”).

Los retrasos en los anuncios y en las declaratorias firmes en torno a la gravedad de la cuestión tendrán que ser explicados a los terrícolas algún día dado en el futuro. Pero parece más o menos obvio que se tuvo miedo de desatar un miedo que previsiblemente era también factor de una letalidad en ese momento incalculable, por lo que no entraremos aquí a hacer juicios sumarios sobre “lo que tuvo que hacerse y no se hizo”.

Ocuparemos este espacio, entonces, para rememorar un hecho que la humanidad en su conjunto jamás olvidará, como pudieron haber sido “olvidadas” algunas pandemias del pasado que, si se mide por el número de muertes e infectados, acaso sean más escandalosas que las que ha generado el microscópico enemigo que ahora nos cerca y nos ahoga.

Digamos, por lo pronto, que según los registros oficiales, actualmente se contabilizan más de 2 millones y medio de personas que han muerto por la enfermedad, en un universo total de 22 millones de casos en el globo; en México registramos hoy alrededor de 200 mil casos de compatriotas fallecidos por el Covid-19, dentro de un universo cercano a 2 millones 200 mil personas infectadas.

La tendencia sin duda será más pronunciada en ambos casos, pero todo parece indicar que pronto veremos ya una curva descendente que nos llevará, a los que sigan o sigamos con vida, al otro lado del río.

II

Patrick Deville había soñado con escribir “novelas sin ficción”. Y sin duda lo logra con Peste & Choléra, libro que cualquiera que quiera acercarse a las realidades mundiales de nuestro tema está obligado a leer.

Escrita a trancos largos, y alternados en cuanto a la secuencia de los tiempos, la novela cabalga. Y no hay exceso de metáforas ni abusos en la utilización del adjetivo. Ya Kafka había indicado el camino: el propio y sobrio ritmo natural “de los hechos” darán cuenta de lo más cruel, de lo más monstruoso o de lo más bello. Deville escribe:

Veinticinco millones de muertos en Europa en el siglo XIV. Los médicos, vestidos con togas, usaban máscaras blancas con un largo pico de ave relleno de hierbas aromáticas para filtrar las miasmas. El terror es proporcional a la aceleración de los medios de transporte. La peste estaba esperando por el vapor, la electricidad, los ferrocarriles y los grandes navíos de casco de hierro. Con el gran terror negro, ya no se trata de la hoz y su silbido sobre los tallos, sino del petardeo de la segadora-trilladora lanzada a todo ritmo en medio del trigo. La peste es imprevisible y mortal, contagiosa e irracional. Siembra la desgracia y la muerte, extiende por el mundo el jugo negro o amarillo de los bubones que abre en los cuerpos. La descripción médica de entonces se puede encontrar en el tratado de enfermedades infecciosas del profesor Griesinger, de la Universidad de Berlín, aparecido veinte años antes y en el cual se menciona que la peste proviene de “poblaciones miserables, ignorantes, desaseadas y bárbaras hasta extremos increíbles”.

No nos detendremos aquí en estas últimas líneas, mismas que no dejan de tener algún parecido con la opinión que quiso o quiere ver en el Covid una enfermedad que llega al mundo desde poblaciones “miserables” del continente asiático. Nos ocupa ahora sobre todo la siguiente frase: “El terror es proporcional a la aceleración de los medios de transporte”. Línea que le permite a Deville, sin mediación alguna, saltar del siglo XIV a los tiempos modernos: de tal forma que “ya no se trata de la hoz y su silbido sobre los tallos, sino del petardeo de la segadora-trilladora a todo ritmo en medio del trigo”.

Las más letales de las pandemias en el mundo se relacionan estrechamente desde entonces con el tránsito de nuestro globo terráqueo a las nuevas y vertiginosas “modernidades”. Este es el punto.

III

Podríamos seguir en el campo de la estadística comparativa, para sumar, por ejemplo, los millones de muertos que dejó la influenza o la denominada “gripe española” en el espacio-tiempo de la primera guerra mundial. Pero es curioso saber que pocos la recuerdan. Y de aquí nuestra reflexión principal: ¿por qué el coronavirus, sin que compita en sus números más altos con pandemias del pasado, será recordada por los siglos de los siglos, mientras que aquéllas mortíferas batallas humanas contra diversos microorganismos asesinos se han quedado encajonadas en el ninguneo o en el olvido?

Aventuro algunas ideas:

  1. Porque el Covid-19 es la primera pandemia mundial “totalmente globalizada”. Punto que nos conduce de inmediato al segundo punto;
  2. Porque la actual “modernidad” tiene en sus fortalezas –el gran desarrollo tecnológico; el máximo nivel alcanzado en la historia de “desterritorialización” del capital y de “integración planetaria”– sus máximas debilidades, al reducir a límites antes no imaginables los espacios compartimentados o segmentados que, fuera dentro de niveles nacionales o en espacios regionalmente más amplios, permitían combatir los embates pandémicos desde estrategias más o menos focalizadas;
  3. Porque “la estrategia del virus” se amolda a las condiciones de un mundo-plenamente-integrado, que le permite atacar sin ser visto y donde le plazca, generando un “igualitarismo” que rompe cualquier límite o distancia de clase, casta o de privilegio. Ciertamente –¿quién lo duda?–, quienes tienen más recursos económicos y mejores condiciones “posicionales” pueden enfrentar con menos peligros vitales al implacable enemigo, pero lo cierto es que “todo el mundo” está expuesto a ser impactado letal o con amplio daño de salud por el mentado virus;
  4. Porque, justo en y desde los ceñidos tejidos del actual mundo “integrado”, lo que ha hecho el microscópico virus ha sido “parar” o descomponer con grave daño la Gran Máquina capitalista. Generando o produciendo con su acción inmediata la otra gran pandemia que ahora nos azota: la caída en picada de empleos e ingresos, la muerte o enfermedad por hambre y otros factores derivados, la disminución vertical de la inversión económica y de “crecimientos”, haciendo morder el polvo al género humano con latigazos brutales.

La variable que contará para “medir” los efectos de esta pandemia comparada con otras no quedará pues en el marco estadístico de los números (de decesos o enfermos). En tiempos de Covid, y en los que sigan, la humanidad será otra, significativamente otra, obligada, esperamos que para bien, a reinventarse.

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