‘Uno tiene que ir contra lo que sabe; no hay arte sin ruptura’: María Negroni |Video
La poeta y ensayista argentina publica ‘Oratorio’, su nuevo libro.
Por Héctor González
‘No hay mayor privilegio que ser una desconocida’, asegura la escritora argentina María Negroni (Rosario, 1951). A pesar su afición a moverse por los márgenes y de huir de lo que se conoce como la vida literaria, lo cierto es que actualmente es considerada una de las mayores poetas del idioma.
Por medio de libros como Archivo Dickinson, La boca del infierno, Diario extranjero y el recién publicado Oratorio (Vaso Roto), ha encontrado en la poesía una vía indagar acerca de la condición humana.
‘A veces me preguntan ¿para quién escribo? Yo escribo para el lenguaje’, dice una mujer que parece tener mucha claridad sobre las implicaciones y los alcances del acto creativo y del arte en sí mismo.
Los primeros versos de Oratorio son los versos: lo que debiera oírse/ no se oye. Aquí leo una especie de desconexión con el mundo, ¿no?
Sí, la vida cotidiana, incluso en épocas anteriores está saturada de urgencias falsas. No tenemos claras las prioridades. Hacemos lo que podemos porque somos seres humanos con limitaciones, pero muchas veces olvidamos y perdemos el centro de donde nace la poesía y el arte. Esa especie de núcleo se preocupa por preguntar cosas que no sabemos o, mejor dicho, por mejorar la calidad de las preguntas que nos hacemos.
Mejorar la calidad de las preguntas, ¿quizá de pronto erramos la forma en que nos cuestionamos?
Uno hace lo que puede. Vivir es una tarea difícil. Nos enfrentamos a situaciones complicadas a nivel personal, familiar, social o mundial. Si tenemos suerte y sensibilidad descubrimos cosas que se vuelven necesarias para nosotros. Ahí es donde surge la voz que nos permite escribir un poema, novela o pintar un cuadro. Una voz que transformará el ruido en una especie de silencio, que no es la ausencia de sonido, sino lo que Bachelard llamaba una palabra muda y cargada de sentido.
Ahora vivimos en una época donde hay mucho ruido y todos queremos gritar.
Sí, hay una banalización exacerbada. Es muy difícil preservar y entender que la soledad es un bien muy preciado. Hay muchas actividades importantes que hacemos en soledad como escribir, leer o hacer el amor. Gracias a ella registramos cosas que por el ruido nos pasan por alto.
Habla de la soledad como un bien preciado, pero la pandemia ha demostrado que no siempre es fácil sobrellevarla.
El confinamiento produce una soledad forzada. Yo hablo de aquella que es elegida. Uno escoger leer, meditar o quedarse en silencio. Lo que vivimos ahora se parece más al encierro carcelario, no es que lo sea, pero tampoco tenemos opción y esto sumemos la angustia que provoca no saber has cuándo durará.
Oratorio atraviesa varios estados de ánimos. Algunos poemas son apabullantes, otros producen serenidad. En una parte escribe: “La sabiduría está en lo que se ignora”.
La poesía no es el reino de la disyunción “o” sino de la conjunción “y”. No es “esto o lo otro”, sino “esto y lo otro”. Es un lugar de absoluta libertad y está reñida con el discurso asertivo. No pontifica y cuando lo hace porque algunos poetas quieren atribuirle una función didáctica o política de manera explícita, en general fracasan. La poesía es política independientemente de lo que dice porque nos obliga a repensar la lengua. Una definición posible de la poesía es: una pregunta sobre qué es el lenguaje. A veces me preguntan ¿para quién escribo? Yo escribo para el lenguaje, es maravilloso que me lean personas, pero mi lector es el lenguaje. La necesidad de la poesía viene de su posibilidad de trastocar el lenguaje. El pintor norteamericano Joseph Cornell, famoso por hacer unas cajas muy hermosas, vivía con un hermano parapléjico. Cuando llegaba a casa le mostraba filmes caseros, pero como él se aburría de ver siempre lo mismo, cortaba la cinta y la editaba de otra manera, lo hacía todo el tiempo. Creo que esta historia sirve para demostrar que el arte es un antídoto contra el aburrimiento.
Esto trae a colación otros versos suyos: “la escritura se escribe/ contra lo escrito”.
Cuando uno escribe ya no puede volver a decir lo mismo, al menos el autor. La única manera de volver a escribir es ir contra lo que se hizo. Ezra Pound decía que a un escritor le toman siete u ocho años formarse y después le toma la misma cantidad de tiempo olvidarse de lo aprendido. Por eso uno tiene que ir contra lo que sabe. No hay arte sin ruptura y esa ruptura es casi el sinónimo de la belleza.
Al final es una visión muy socrática, solo se que no se nada.
Tal cual, tú lo has dicho. Volver al maestro.
¿De ahí viene su vocación por moverse en los márgenes?
Así es. El mercado es ágil y hábil para captar todo. Hace poco durante una conversación con Anne Carson le decía que llegará el punto donde la ruptura será volver al soneto. Octavio Paz la llamaba: la tradición de la ruptura. Llega un momento en que es necesario volver a la forma de la que tanto huimos. Todavía no estamos en eso, pero debemos estar atentos. Es una paradoja absoluta, pero a veces se hacen cánones del margen.
¿Cree que esto le puede pasar a la literatura feminista?
Por supuesto, esto se puede convertir en una moda y las modas cambian. Sin embargo, dentro de la escritura de mujeres hay autoras que no son tan cooptables que otras. Al mercado le interesa el mensaje rápido y digerible, cuando la escritura tiene una complejidad es más difícil atraparla.
¿Usted cómo lo evita?
No sé. Uno hace lo que puede. Siempre me gustó desmarcarme y jugar sola. Me fui de Argentina más de veinte años y dejé de circular en el medio literario. La colocación tangencial me pareció un regalo extraordinario.
¿Ahí es dónde se siente más libre?
Claro, eso debe ser porque soy muy fóbica. No me gusta que me controlen. En lo personal prefiero estar afuera y escabullirme de la vida literaria.
Le gusta sentirse extranjera incluso en su país.
Claro. James Joyce decía que para escribir se necesitan tres cosas: astucia; exilio, pero no el político; y astucia. No hay mayor privilegio que ser una desconocida.
El libro tiene otros versos que creo vienen a colación con el momento que vivimos: mortalmente infinitos/soñamos que somos. ¿Se nos olvidó esto?
Ahí hay una constatación o toma de conciencia. Al hablar del sueño me refiero a otro nivel de irrealidad. Este tipo de versos se comprenden a posteriori. Durante la creación, el trabajo es más ciego. En mi caso la escritura sabe más que yo. A uno no le queda más que ponerse a disposición del poema.
¿Pero entonces podríamos hablar de que el lector es quien completa el poema?
Sin duda. No hay literatura sin lectores. Un poema terminado es como una estatua que aguarda ser contemplada, puede ser muy bella, pero carece de vida. A través de la lectura, el poema resucita. Quien lo lee pone su sensibilidad e inteligencia, es como tomar la estatua y hacerla bailar. Es un acto maravilloso y que implica un encuentro extraordinario… es como una gracia.