Migración y movilidad forzada: el compromiso ético de la UNAM | Artículo de Mario Luis Fuentes

La migración debe entenderse como un recordatorio de que las fronteras, lejos de ser inevitables, son construcciones humanas que pueden y deben ser desafiadas, señala Mario Luis Fuentes.

enero 18, 2025 4:00 pm Published by

Mario Luis Fuentes.

La migración y la movilidad forzada de personas representan fenómenos humanos profundamente complejos que trascienden fronteras geográficas, políticas y culturales. En el contexto actual, México enfrenta un desafío particular: no sólo es un país de tránsito para quienes huyen de la violencia, la pobreza y las crisis políticas, sino también un punto de destino y origen para miles de personas en busca de una vida digna.

Así comprendida, la migración es un complejo proceso que refleja desigualdades estructurales y realidades sociales adversas. En México, además de recibir flujos migratorios provenientes de América Central y del Sur, existe un constante movimiento interno. Personas desplazadas por la violencia criminal, desastres naturales o la falta de oportunidades económicas son obligadas a abandonar sus hogares y buscar refugio en otras partes del país. Estas historias individuales, aunque diversas, comparten un núcleo común: la búsqueda de esperanza frente a la adversidad.

A nivel internacional, el fenómeno de los migrantes en situación irregular en los Estados Unidos agrega otra capa de complejidad. Las políticas restrictivas de migración, combinadas con un discurso xenófobo creciente, exacerban las condiciones de vulnerabilidad de quienes cruzan la frontera en busca del llamado “sueño americano”. Miles de ellos enfrentan deportaciones masivas, lo que genera un círculo vicioso de precariedad e incertidumbre.

Cada migrante lleva consigo una historia única de esperanza y lucha. Mujeres, hombres y niños dejan atrás sus comunidades, enfrentando riesgos inimaginables en el camino. Desde extorsiones y violencia criminal hasta condiciones climáticas extremas, el trayecto está plagado de peligros. Al llegar a su destino, se enfrentan a nuevas barreras: discriminación, explotación laboral y la falta de acceso a derechos básicos como salud y educación.

El desarraigo no es sólo físico, sino también emocional y cultural. La separación de las familias y la pérdida de identidad agravan las heridas de quienes migran, especialmente para niñas y niños, que representan un porcentaje significativo de los deportados.

En el panorama global, México ocupa una posición única. Es tanto un “corredor migratorio” hacia el norte, como territorio de refugio para quienes huyen de sus países de origen. Sin embargo, este rol dual conlleva enormes responsabilidades. La falta de recursos adecuados para atender a las personas migrantes, combinada con una estructura social debilitada, constriñe la capacidad del país para garantizar una vida digna a quienes buscan seguridad en su territorio.

Frente a ello, la UNAM creó toda una estrategia denominada “La UNAM en las fronteras el cual destaca como un ejemplo de lo que se puede lograr desde la academia y la sociedad civil. Esta iniciativa busca tender puentes entre instituciones, organismos internacionales y comunidades locales para abordar los retos migratorios desde una perspectiva ética, humanitaria y científica.

Es un hecho que la atención del fenómeno migratorio debe ser integral y que requiere políticas públicas comprensivas que prioricen la dignidad y los derechos humanos.

Por ello destaca la realización de la Conferencia Universitaria por la Defensa de los Derechos de las Personas Migrantes, impulsada por el Rector de la Universidad Nacional, el doctor Leonardo Lomelí, en la que se coincidió en que las fronteras más difíciles de superar no son únicamente las geográficas, sino las que construimos en el ámbito del discurso y lo simbólico. Este desafío implica derribar barreras construidas por el racismo, la xenofobia y los nacionalismos extremos que dividen a las sociedades y perpetúan la exclusión.

La solidaridad y la empatía deben ser los pilares para construir un futuro donde la movilidad humana sea reconocida como un derecho, no como una amenaza. Las universidades, como la UNAM, tienen un papel crucial en esta transformación, liderando con el ejemplo y promoviendo la inclusión desde el conocimiento y la acción.

La complejidad que envuelve al fenómeno migratorio evidencia que la exclusión estructural continúa siendo signo del capitalismo y la explotación globalizadas. Las personas migrantes se convierten en el “otro”, una figura que, en palabras de Emmanuel Levinas, interpela nuestra responsabilidad ética, pero que a menudo es deshumanizada por sistemas que priorizan el control y la seguridad sobre la dignidad y los derechos.

La violencia que enfrentan las personas migrantes es abiertamente física o explícita, como los riesgos y amenazas que impone el crimen organizado en las rutas de la migración, o las agresiones xenófobas en territorio mexicano y norteamericano. Pero también es una violencia simbólica y estructural que opera mediante sistemas económicos y políticos que perpetúan la desigualdad y el desarraigo. En términos de Pierre Bourdieu, los migrantes quedan atrapados en un espacio de “habitus excluyente”, donde las reglas del juego están diseñadas para mantenerlos en una posición de vulnerabilidad. Este fenómeno a las personas migrantes, y contribuye a desmoronar las bases éticas de las sociedades que los rechazan, al renunciar a principios fundamentales como la hospitalidad, la solidaridad y la justicia.

Foto: Cuartoscuro

Desde el prisma de la justicia social, la migración expone la necesidad urgente de repensar las estructuras que perpetúan la desigualdad económica y social. Si, como afirma John Rawls, la justicia es el primer principio de las instituciones sociales, entonces la exclusión de los migrantes del acceso pleno a derechos básicos constituye una violación flagrante de ese principio.

Como convoca la UNAM, la migración debe entenderse como un recordatorio de que las fronteras, lejos de ser inevitables, son construcciones humanas que pueden y deben ser desafiadas. La ética del cuidado y la responsabilidad global nos exigen un compromiso activo para transformar estas estructuras, reconociendo a las personas migrantes no como cifras, sino como agentes de cambio con un valor intrínseco e igual.

El fenómeno migratorio es sin duda una de las expresiones más visibles de las desigualdades globales. Enfrentar esta realidad requiere un enfoque integral que trascienda intereses políticos y priorice la dignidad humana. México, como país clave en las dinámicas migratorias, tiene la oportunidad y la responsabilidad de liderar con acciones concretas que garanticen el respeto a los derechos de todas las personas.

En última instancia, entender la migración como un fenómeno humano y no como una estadística es el primer paso para construir sociedades más justas y solidarias. La UNAM y otras instituciones comprometidas con el bienestar colectivo tienen el potencial de marcar una diferencia significativa, demostrando que la educación y la acción ética son herramientas poderosas para transformar vidas y comunidades.

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