‘Será una prueba de fuego ver qué países reconocen el próximo mandato de Daniel Ortega’: Sergio Ramírez |Video-Entrevista

El autor de ‘Tongolele no sabía bailar’, advierte que vienen tiempos de cambio para América Latina.

septiembre 5, 2021 3:58 am Published by

Por Héctor González

¿Cómo no hablar de política en América Latina si día y noche viene a tocar a la puerta?, pregunta Sergio Ramírez (1942). Quien fuera presidente de Nicaragua y líder de la revolución sandinista dice preferir ver el mundo a través de los ojos del novelista antes que los del político, quizá por ello regresa del exilio al inspector Dolores Morales y lo coloca en el epicentro del conflicto social que estalló en 2018 en su país.

En ese escenario transcurre Tongolele no sabía bailar (Alfaguara), novela escrita en clave policiaca que interpela al presente de una manera franca. Al hacer un análisis de la región, el ganador de los premios Cervantes, Carlos Fuentes y Alfaguara, advierte tiempos de cambio en América Latina, el problema en todo caso dice, “es cuándo ocurrirán”.

Tongolele no sabía bailar es una de sus novelas que más dialoga con el presente inmediato. ¿Cómo escribir con perspectiva sobre hechos tan recientes?

La literatura depende de una necesidad urgente de contar. Por otro lado, está el cuidado de sus reglas básicas y una de ellas es la distancia de los hechos. Se que es muy difícil hablar sobre procesos que ni siquiera han concluido. Me acerqué a los acontecimientos de 2018 en Nicaragua para restar a las estadísticas su poder desvanecedor. Cuando hablas de cuatrocientos muertos puedes poner un gráfico y compararlo con otros países, pero eso no es suficiente. Para transmitir la trascendencia de los acontecimientos es necesario referirse a los seres humanos afectados en la masacre. Pensé escribir algunas crónicas sobre las víctimas, pero habría sido un trabajo de segunda mano porque no estuve en el lugar de los hechos. Solo pude hablar de ellos como novelista y desde la ficción, por eso decidí subir al escenario al inspector Morales y compañía, quienes estaban a la espera de una nueva novela dado que habían quedado exiliados en Honduras.

El inspector Morales vuelve por razones personales que al final terminan siendo políticas.

La realidad siempre termina teñida por la política en un país como Nicaragua donde nada es normal. El poder no deja intersticios de respiro ni de iniciativas personales. Todo es dominado por la presión que ejerce sobre las vidas humanas. Nunca me han interesado las grandes figuras sino su impacto en las personas.

¿El poder obedece a los mismos resortes?

El poder más allá del discurso ideológico es el mismo. Cuando alguien decide retenerlo tiene que prescindir de todos los escrúpulos y romper las reglas del juego. Por lo tanto, se abren una serie de posibilidades que a nuestros ojos parecen absurdas.

Decía un político mexicano: el poder obnubila.

Sí. Lo primero que obnubila es el sentido del tiempo. Recuerdo una entrevista de Orianna Fallaci a Haile Selassie. Al final le pregunta: ¿Majestad, qué piensa de la muerte? Él enfureció al punto que la mandó sacar. Quien tiene en sus manos todas las riendas del poder, pierde el sentido de la muerte.

Cuando son gobernantes como Fidel Castro o Daniel Ortega para no ir más lejos, tal vez solo la muerte les recuerda su fragilidad.

Una de las cosas más terribles que le pudo ocurrir a Hugo Chávez, me imagino fue preguntarse ¿Y yo por qué?, algo muy normal y humano en quien tiene una enfermedad terminal. Él se sentía el nuevo Bolívar. Me imagino que debió ser un momento muy dramático.

Usted conoció a Daniel Ortega, ¿cómo se lo imagina en este sentido?

Lo conocí joven. La idea del poder en el Frente Sandinista era distinta. Pretendía ser un partido dominante, una especie de combinación entre el Partido Comunista cubano y el PRI con una dirección colectiva, no personal, y con una idea revolucionaria del cambio. Hoy, Daniel Ortega es otra cosa, es un dictador común y silvestre de América Latina.

Usted también formó parte de una generación que creció con el gran referente de la revolución cubana y sus ideales.

Mi generación no se entiende sin la revolución cubana. En 1959 yo entré en la universidad y cuando salíamos a manifestarnos su idea nos permeaba. Pensábamos si cayó Batista, por qué no va a caer Somoza. La sacralización del guerrillero vestido verde olivo se mantuvo hasta el triunfo de la revolución nicaragüense veinte años después. La adhesión de los guerrilleros de mi país hacia los cubanos era sentimental y se extendió a los intelectuales. Cuando uno se decía comprometido se daba por sentado que era con la izquierda y adherido a Cuba. Así fue al menos hasta el caso Padilla en 1971. En el siglo XXI todo eso cambió. Hoy el intelectual recuperó su espacio crítico e independiente de partidos, credos o dogmas. Yo mismo me veo como alguien que más allá de las ideologías. A mi edad contrapongo democracia sobre dictadura. En Nicaragua quisiera ver una democracia floreciente con respeto a las leyes y sin represión.

Sin dejar de conectar con su tiempo ni con los lenguajes contemporáneos de la comunicación.

Es inevitable. En una serie sobre detectives el instrumento más común es el celular. Nicaragua es un país muy pobre, pero tiene seis millones de habitantes y siete millones de teléfonos celulares. El ochenta por ciento de la gente tiene whastsapp y acceso a internet. Creo que en la dinámica del lenguaje. No me asusta la modernidad ni los cambios. Me parece que vivimos un cambio muy profundo en cuanto a la modificación de la comunicación, las emociones y el lenguaje; y frente a eso me da terror que me deje el tren.

¿La modernidad ha sido lo que esperábamos?

Es un fenómeno muy desigual y disparejo. Un campesino puede tener un celular con internet y vez subirse a los mismos camiones viejos; o seguir arando la tierra con un buey y no con un tractor. La modernidad es también el rastreo que se hace de las caravanas migrantes a través de los celulares.

Usted siempre se ha cuidado de evitar ser ideólogo regional. ¿Este desmarque es algo premeditado?

Aprendí la lección de no comprometerme con las ideologías. Prefiero ejercer mi sentido crítico de la vida y observar las cosas desde todos los ángulos. Intento ver el mundo a través de los ojos del novelista y no del político. Desde hace muchos años he intentado quitarme ese sombrero y no he podido. En todo caso me veo como un intelectual que dice lo que piensa y si hablo de política es porque como decía Rubén Darío, es universal. ¿Cómo no hablar de política en América Latina cuando es algo te toca a la puerta día y noche?

En noviembre habrá elecciones en Nicaragua…

No podemos hablar de elecciones en Nicaragua, es una farsa. Todos los caminos hacia un proceso electoral están cerrados. Los principales candidatos y dirigentes de partidos están presos o en el exilio. Ni siquiera hay campaña. Los partidos que competirán son inventados por el mismo régimen. Las elecciones son un trámite administrativo que Daniel Ortega tiene que cumplir para seguir en el poder. La prueba de fuego será ver qué países reconocer el próximo gobierno de Ortega porque habrá nacido de un proceso donde se han violado las reglas electorales.

¿Qué papel tiene la OEA?

Está muy debilitada. La falta de apoyo de México y Argentina es un golpe al codillo, pone en cuestión la posibilidad de consensos efectivos y válidos. La posición crítica de los países del Caribe también la perjudica. Nada que afecte a Nicaragua se resolverá a través de la OEA. Se ha convertido en un organismo que entra en crisis ante la crítica de cualquier país y más si son tan importantes como Argentina o México. Si sumamos la nueva política exterior de Perú, el problema crece. Sin embargo, la situación en Nicaragua no se va a resolver por muy radicales que sean los pronunciamientos de la comunidad internacional, está muy tener su respaldo, pero es algo que los nicaragüenses debemos solucionar.

¿Las soluciones a las crisis de los procesos revolucionarios tanto nicaragüense como cubano atraviesan por las mismos personajes e instituciones o se requiere una refundación?

Me parece que la situación de Cuba es terminal en el sentido de que renovar el esquema implantado en 1959 es imposible incluso por raciones biológicas. Una vez que esta generación de ancianos que están muriendo, la dirigencia quedará desmantelada. No creo que Díaz-Canel tenga el liderazgo necesario para controlar la economía, la sociedad y la política, no tiene esa talla. ¿Cuánto poder tendrá el Ejército? ¿Cuánto la sociedad emergente y los jóvenes? Son grandes interrogantes. En Nicaragua, una dictadura como la Daniel Ortega y su esposa tampoco tiene futuro a mediano plazo porque es obsoleta. Venezuela tendrá una salida distinta a la que Maduro quiere imprimir. Vendrán tiempos distintos, cuándo es el problema. Veremos alteraciones fundamentales del statu quo latinoamericano.

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