Leonardo da Vinci: 500 años y el arte de la permanencia

El pintor florentino, autor de la ‘Mona Lisa’, fue un adelantado a su época.

mayo 2, 2019 8:06 am Published by

La mañana del 21 de agosto de 1911, Vicenzo Peruggia, un pintor de brocha gorda, consiguió que se hablara de él en buena parte del mundo. Con cierta facilidad entró y salió del Museo de Louvre con el cuadro de la Mona Lisa bajo su abrigó.

Pasaron algo más de dos años antes de que las autoridades recuperaran la obra maestra de Leonardo da Vinci (1452-1519). Tras el hurto, el museo estuvo cerrado una semana. Apenas reabrió sus puertas rompió todos los récords de asistencia. La gente acudía a ver el hueco dejado por la pintura. Ni Franz Kafka y ni su amigo Max Brod no se resistieron al morbo de formarse por varias horas para ver el espacio vacío.

Es probable que ningún otro artista hubiera despertado un interés similar. La anécdota tiene al menos dos aristas a considerar: la forma en que nos relacionamos con el arte y la presencia cotidiana e inconsciente de Leonardo da Vinci, de quien el 2 de mayo se conmemoran 500 años de su muerte.

De la pintura a la ciencia

Hombre de conocimiento universal, Leonardo fue un adelantado a su época. Un artista incuestionable que cultivó el gusto por la ciencia y la naturaleza. En su ensayo Leonardo da Vinci y la idea de la belleza, el historiador y crítico John T. Spike reseña que a la misma edad y en la misma época que Cristóbal Colón, el italiano “encauzó la obsesión del Renacimiento por la indagación hacia el mundo visible, interior y exterior”.

El especialista ubica como ejemplar su Códice sobre el vuelo de las aves, de la Biblioteca Reale de Turín. El documento integrado por dieciocho folios de texto y dibujos de pájaros en vuelo, “muestra el supremo afán de Leonardo por abandonar su escritorio para aprender de la naturaleza”.

Actualmente se conservan más de seis mil páginas del genio florentino. En ellas hay miles de dibujos y gráficos acompañados de textos que reflejan sus obsesiones. Según los especialistas, están esparcidos por Europa y muchos incluso perdidos. Unos cuantos han reaparecido casi por milagro. Los más recientes fueron encontrados en la Biblioteca de Madrid en 1965.

Prueba de sus intereses diversos son sus tratados: Libro sobre perspectiva, Tratado sobre la cantidad continua y La geometría como juego, Tratado sobre los nervios, los músculos, los tendones, las membranas y los ligamentos, y Libro especial sobre los músculos y los movimientos de los miembros.

Los textos recogen sus descubrimientos en materias de la óptica, acústica, mecánica, dinámica de fluidos, geología, botánica y fisiología.

A la postre de sus investigaciones, Leonardo alcanzó fama como un hombre sabio. No es gratuito que Rafael usara algunos de sus rasgos para caracterizar a Platón en su fresco La escuela de Atenas (1509), a pesar de que el pintor florentino intentará desmarcarse de la tradición platónica.

Hijo del Renacimiento

Empático con el conocimiento empírico, Leonardo tenía a la naturaleza en un pedestal. Su respeto a la pintura proviene de su capacidad para representar al entorno. “La pintura sobrepasa a todos los trabajos de los hombres en virtud de las sutiles posibilidades que contiene: El ojo, que se dice ventana del alma, es la principal vía para que el sentido común pueda, de la forma más copiosa y magnífica, considerar las infinitas obras de la naturaleza (…) Si ustedes saben cómo describir y escribir la apariencia de las formas, el pintor puede hacer que aparezcan animadas con luces y sombras que crean la misma expresión de los rostros; el poeta no puede lograr con la pluma lo que el pintor logra con el pincel”, escribió en su Códice Ashburnham.

Llamó a la pintura nieta de la naturaleza incluso y la relacionó con el legado divino: “Si desprecias la pintura, única imitación de todas las obras evidentes de la naturaleza, desdeñas una invención sutil que sirve para considerar con filosofía y con fina especulación todas las cualidades de la forma: tierra y mar, plantas, animales, hierbas, flores, rodeadas todas ellas de sombras y luces. Con razón, pues, la llamaremos nosotros nieta de la naturaleza, emparentada con Dios”.

Al igual que Miguel Ángel y Rafael, los otros tótems del arte de la época, Leonardo era un amante de la belleza. Cuenta Spike que aconsejaba a los artistas mantener los ojos bien abiertos para ver a las mujeres bellas y memorizar sus mejores rasgos. Su teoría estética se sostenía en la armonía y en la simetría, así lo muestra su dibujo Hombre de Vitruvio (1490).

En un artículo publicado en el diario El País, el crítico y ensayista español Félix de Azúa escribe: “Para Leonardo, conocer era dibujar. No bastaba con la palabra; era imprescindible cazar las cosas con su representación, como si la línea fuera la red de pesca del entendimiento”.

Su obra maestra

De su interés por representar la naturaleza lo más cercano posible a la realidad, se desprende el retrato de Lisa Gherardini, esposa del mercader Francesco de Giocondo y conocido como Mona Lisa o La Gioconda, tal vez el óleo más famoso del mundo.

La dimensión simbólica e histórica de la obra realizada entre 1503 y 1519 es superior a los 77 por 53 centímetros de su tamaño real.

El lienzo nació por encargo del comerciante. Aún no está muy claro si se debió al traslado de la familia a su nueva vivienda o al embarazo de su mujer. La identidad de la dama, sin embargo, fue una incógnita hasta todavía no hace mucho.

En 2005 se dieron a conocer unas notas del florentino Agostino Vespucci fechadas en 1503 y en las cuales comenta que Leonardo se encontraba realizando un retrato del busto de Lisa del Giocondo.

En su libro Vidas (1550), el pintor y escritor italiano Giorgio Vasari resaltó las virtudes de la apreciación anatómica de da Vinci: “todo aquel que quisiera ver en qué medida puede el arte imitar a la Naturaleza lo podría comprender en la cabeza de La Gioconda (…) en ella se representan todos los detalles que se pueden pintar con sutileza. Los ojos tenían ese brillo y ese lustre que se puede ver en los reales, a su alrededor había esos rosáceos lívidos y los pelos que no pueden realizar sin una gran sutileza (…) La nariz, con todas esas aperturas rosáceas y tiernas, parecía de verdad. La boca, con toda la extensión de su hendidura unida por el rojo de los labios y lo encarnado del rostro, no parecía color sino carne real. En la fontanela de la garganta, si se miraba con atención, se veía latir el pulso. Y en verdad se puede decir que fue pintada de una forma que hace estremecerse y atemoriza a cualquier artista valioso”.

Las lecturas alrededor de la obra no han disminuido con el tiempo. Su realismo incluso ha dado para interpretaciones psicológicas. No son pocos los estudios dedicados a descifrar que hay detrás de su sonrisa o los secretos de la mirada.

Por si fuera poco, se ha convertido en uno de los símbolos de las bellas artes a nivel mundial. Buen tino tuvo Duchamp cuando en 1919, a su regreso a París, compró una postal de la Mona Lisa y le dibujo un bigote y una perrilla en el rostro. Al firmarla y escribir L.H.O.O.Q (las interpretaciones de los estudios coinciden en que es un juego de palabras que en castellano se traduce como “Ella tiene el culo caliente”) en el borde, el polémico artista no solo inició la era de la apropiación como subgénero de la plástica, también lanzó una crítica contra el sentido casi sagrado del arte serie.

Al intervenir la obra de Leonardo, Duchamp profanó una pieza hasta entonces intocable y por consiguiente la institucionalidad del arte.

De la pintura a la ciencia

A quinientos años de su muerte, las aportaciones de Leonardo da Vinci aún hacen eco incluso más allá de la pintura. Estableció los principios básicos de la dendrocronología, es decir la lectura de los anillos de crecimiento de los árboles para determinar su edad y las variaciones climáticas que han experimentado a lo largo de su existencia.

Aportó, además, claves para entender la forma en la que las plantas despliegan sus formas en respuesta a la gravedad terrestre, así como sus cambios de orientación en función de la luz solar.

Su interés por la geología lo llevó describir con certeza los procesos de erosión, sedimentación y acumulación en las rocas, así como al estudio de los fósiles, principalmente los marinos. Stephen Jay, prominente biólogo y divulgador estadounidense, no escatimó en reconocer que Leonardo anticipó conceptos de la paleobiología que solo pudieron confirmarse hasta el siglo XX.

Inquieto y renacentista en el sentido más amplio del término, Leonardo da Vinci es un genio inabarcable. Alrededor de su figura hay cualquier cantidad de secretos y leyendas.

Apenas hace unas semanas y a unos días de que inicien las conmemoraciones por los quinientos años de su muerte, la Galería de los Uffizi en Roma, mostró un estudio que confirmó que el artista florentino era ambidiestro. Las investigaciones se realizaron a partir de a partir de dos frases escritas por su puño y letra en su primer paisaje fechado en 1473, cuando apenas tenía veinte años. Días después, dos investigadores italianos anunciaron que investigarán un mechón de pelo atribuido a Leonardo para rastrear su ADN.

Pocos artistas del tamaño de Leonardo da Vinci. Pocos como él, trazaron tantas rutas de conocimiento y convirtieron sus obras, léale la Mona Lisa o el Hombre de Vitrubio, en íconos del arte y hasta de la cultura pop.

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